Eutanasia o la espiral del sentimiento

La eutanasia puede ser una difícil decisión, pero, ¿qué conlleva toda esta decisión?

Hay muchas opiniones acerca de la eutanasia; buena, mala, necesaria… ¿qué palabra la define mejor?

El punto de partida es básico: ¿qué se entiende por dignidad? Se habla de “muerte digna”; probablemente el concepto “dignidad” resulta equívoco. ¿Por qué adelantar una muerte inevitable es más “digno” que esperarla y aceptarla pacientemente? ¿No avasalla precisamente a la dignidad humana el hecho de decidir qué vida merece la pena ser vivida y cuál no? ¿El dolor y el sufrimiento me privan de mi dignidad? Esto parece ser la premisa escondida de la eutanasia como “muerte digna”, cuando sucede más bien lo contrario: ambos imponen un religioso respeto.

Resulta útil precisar qué no es la eutanasia, pues a veces se confunden los términos. No es “encarnizamiento terapéutico”, es decir, prolongar innecesariamente, con medios desproporcionados, una vida, con grave desgaste físico del paciente, y con frecuencia, económico para la familia. Es fruto de no aceptar lo inevitable: la inminente muerte. ¿Cómo distinguir? En la eutanasia mato positivamente al enfermo que aún vive, o puede continuar viviendo con medios ordinarios, como son alimentación e hidratación; en el encarnizamiento, inicio dolorosos y onerosos tratamientos innecesarios, que no pueden producir la cura, sino únicamente el prolongamiento de la vida doliente del enfermo.

¿Por qué espiral del sentimiento? Porque un argumento sentimental ha introducido la brecha de la eutanasia, y esta se ha ampliado cada vez más. En una cultura hedonista, incapaz de reconocer valor alguno al sufrimiento, cuando este se presenta y no se puede eliminar, la única respuesta coherente que puede ofrecer es acabar con la vida. La vida solo vale si puedo disfrutar de ella. Es decir, la vida no es digna, entendiendo por dignidad, algo que tiene valor en sí mismo y por lo tanto resulta intangible. La vida, en cambio, desde esta perspectiva, puede valorarse sobre la base de una serie de bienes externos a ella: placer, utilidad, rentabilidad, etc.

Con un noble motivo: eliminar el dolor; con una comprensible impotencia frente a él, fruto de haber borrado del horizonte existencial la perspectiva sobrenatural, la eutanasia parece ser la única solución. No es la única en realidad, pero sí la más práctica y económica. Resulta más rentable para un país invertir en acabar rápido con la vida de sus ciudadanos que en clínicas de cuidados paliativos, donde se les puede dar nivel de vida a los enfermos crónicos o terminales. El problema está en que ese argumento sentimental pisotea la dignidad humana en nombre de la misma dignidad, pues la vida se valora con diferentes parámetros, es decir, no es invaluable, no es digna, no es intangible, queda a la deriva de criterios arbitrarios y cambiantes; con frecuencia, la rentabilidad de ahorrarse los gastos en cuidados paliativos.

Así, lo que comenzó siendo la defensa por antonomasia del principio de autodeterminación personal, garantía de la auténtica libertad, rápidamente pasó a depender del “juicio de los expertos”, siendo los médicos y no el enfermo, quienes decidían en la práctica hasta cuando “valía la pena” prolongar la vida. Así ha sido en Holanda y Bélgica, pioneros en estas lides, donde muchas veces no decide el enfermo, sino su familia o el médico, o a veces, la familia aconsejada por el médico, hasta cuándo va a vivir. La muerte deja de ser un hecho natural para ser provocado, con bastante frecuencia sin la voluntad explícita del enfermo. Se supone que es lo que desearía, si se encuentra inconsciente o, de plano, se le administra contra su voluntad o sin preguntarle. Las leyes que, en teoría lo impiden, están de adorno, pues los mismos médicos son los encargados de recabar la información en cada eutanasia y, obviamente, no se denuncian a sí mismos. En encuestas anónimas, con bastante frecuencia han reconocido haber tomado la iniciativa ellos, y no hay procesados por haberla practicado sin cumplir todas las prescripciones de la ley.

Pero, además, está el hecho de la espiral. Una vez que se acepté la eutanasia de los enfermos terminales, ¿por qué no la de los crónicos? Finalmente sufren más tiempo e “inútilmente”. Pero si la acepto para enfermedades físicas, ¿por qué no las psíquicas? Pueden sentirse mucho peor los enfermos psíquicos. Además, el dolor es subjetivo, ¿qué es un dolor insoportable?, ¿quién decide cuando lo es? ¿Por qué solo los adultos?, eso supone discriminar a los niños. Así que primero vino la eutanasia con el consentimiento de sus padres, después sin su consentimiento pasados los doce años… Y, el último eslabón: ¿y si alguien sano, ya no quiere vivir?, ¿por qué obligarlo a ello? El Estado garantiza así el éxito y la higiene en los suicidios. Una vez que la vida deja de ser digna, es decir, intangible o “sagrada”, lo que equivale a sustraída a nuestra arbitrariedad, por las razones más nobles y emotivas que se nos puedan ocurrir, ha perdido valor en sí misma, introduciéndose en una pendiente resbaladiza, donde termina por no valer nada.

 

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