El diablo ligth

En torno a la figura del demonio hay quienes se manifiestan claramente como sus seguidores, otros que niegan su existencia y finalmente quienes toman a broma su existencia y no le dan mayor importancia, en los tres casos esto significa un peligro para nuestra alma.

Hay una fuerte tendencia moderna que pretende hacernos ver la imagen del demonio como un personaje agradable, divertido, inteligente; en contraposición con una imagen de un Dios manipulador, injusto castigador, caprichoso y arbitrario.

El demonio, como personificación del mal, es un personaje que siempre se hace presente, aun tras bambalinas, en la cultura. Cada época histórica ha tenido una experiencia más o menos intensa su presencia, una conciencia más o menos aguda de su actuación en el mundo. En la actualidad adquiere, sin embargo, unas notas en apariencia contradictorias, pero solo superficialmente, pues en el fondo ofrecen la macabra evidencia de su actuación.

Por un lado están los “devotos oficiales del demonio.” Recientemente han cobrado fama los seguidores del Templo Satánico, que en Estados Unidos llevan por todas partes su estatua de “baphomet”, un demonio rodeado de dos tiernos niños. La misma secta ha promovido la celebración de “misas negras”, para escándalo de creyentes cristianos. Ha sido una hábil forma de generar polémica y atraer las cámaras hacia un grupo realmente minoritario. Lo curioso es que, entrevistados los líderes del movimiento, afirman no creer en el demonio, y únicamente servirse de él como de herramienta para implantar el laicismo y burlarse de lo ridículo de las creencias y los miedos humanos. Su afirmación del diablo en realidad encierra la afirmación del hombre, la cual requiere librarlo de los tabúes y atavismos propios del pensamiento primitivo promovido por la religión. Es una religión de la “sin-religión”, es servirse del demonio para afirmar al hombre.

Otro curioso grupo está formado por personalidades religiosas que no creen en el demonio. Digamos que su aproximación a esta realidad peca de “cultural”, es decir, meramente horizontal: antropológica, sociológica, psicológica. Curiosamente nunca desde una perspectiva de fe, o que se tome en serio la revelación, la Biblia, las palabras de Jesús o el Catecismo de la Iglesia. Es decir, es totalmente ajena a cualquier dimensión sobrenatural. Tiene en común, con el Templo Satánico, no creer en el demonio; lo considera un símbolo, en este caso, del mal. El mal no es una entidad espiritual, sino que se personaliza la maldad presente en el mundo. Quizá el representante más conspicuo de tal corriente es el actual Superior General de los Jesuitas, P. Arturo Sosa S. J., que desconcertantemente negó la existencia del demonio como tal, tan solo existiría como símbolo, y casi al mismo tiempo hizo profesión de falta de fe en las Escrituras, al decir que en aquella época no había grabadoras para recoger las palabras exactas de Cristo. Lógicamente, si no le merece mucho crédito la Biblia, no aceptará lo que ahí se afirma sobre el demonio. Lo interesante, repito, es que, al igual que los seguidores del Templo Satánico, no acepta la existencia real del diablo.

Y el tercer grupo, más generalizado, es el que se acerca con una cierta simpatía al diablo. En el fondo se lo toma a la ligera, a broma. Intenta mostrarlo cercano y atractivo. Un antecedente de este grupo lo encontramos en el furor que causó el descubrimiento y difusión, por parte de National Geographic, del “Evangelio de Judas.” Tal texto apócrifo tardío releía revolucionariamente los Evangelios, cambiando el punto de equilibrio de la historia y la cultura occidentales. Así, Judas, lejos de ser el execrable traidor por excelencia, sería prototipo de la fidelidad radical a Jesucristo; el que sacrifica todo, hasta su fama, por servir al plan de Dios. La entrega de Jesús sería una parodia, un engaño en el que hemos caído todos, hasta que National Geographic nos quitó la venda de los ojos, enseñándonos la verdadera historia, donde Jesús sería un hábil engañabobos (y los bobos seríamos nosotros). Judas sería atractivo, Jesús y su simulación, odiosos.

En esa línea interpretativa se mueve, por ejemplo, la reciente serie, de FOX, Netflix, “Lucifer”, que va ya en su cuarta exitosa temporada. Nos encontramos ahí con un Lucifer sexy, atractivo, interesante, y que hace el bien y la justicia a su manera. No es bondadoso, no es la encarnación boba e ingenua de la bondad, sino que tiene una maldad divertida, al tiempo que hace el bien (ayuda a esclarecer crímenes, se preocupa de que los verdaderos culpables paguen sus fechorías). Digamos que es un malo atractivo que tiene un agudo rencor hacia Dios. En un proverbial diálogo con su psiquiatra, a la que además seduce, aparece como alguien con un resentimiento incontenible hacia Dios, y Dios, obviamente, como injusto castigador, caprichoso y arbitrario. El espectador tiende a identificarse con Lucifer, a quien comprende y compadece, distanciándose del rígido Dios. Esta versión se caracteriza por presentar un demonio más humano, cercano y atractivo, comprensivo con las flaquezas del hombre. Dios sería distante y rígido.

¿Qué tienen en común las tres versiones? La afirmación del hombre que exige la negación de Dios, o su presentación odiosa. El demonio, o es una creación humana, o un baluarte que permite afirmar lo humano frente a la prepotencia divina que limita al hombre, por lo menos poniéndole barreras a su diversión. La afirmación del hombre exigiría el eclipse de Dios, mientras el demonio aparece como atractivo baluarte de lo humano; Dios, en cambio, como celoso y fastidioso enemigo de la felicidad humana. Es decir, el mismo engaño usado por la serpiente con Eva, relatado en el Génesis; o, dicho de otra forma, el diablo hace como las telenovelas: cuentan siempre la misma historia con personajes diferentes.

 

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