Fin de año

Cuando un año concluye termina una página de nuestra vida. Al vivirla la escribimos, al mirarla en retrospectiva intuimos que no caminamos solos.

El fin de año nos invita a reflexionar sobre nuestra temporalidad: el fin de la historia, el sentido de la vida. El tiempo pasa, nuestra vida corre, culminamos unas etapas, iniciamos otras, las preguntas se agolpan, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy? Se impone una actitud de balance y reflexión.

Reflexión que puede ser fecunda, sobre todo si es serena, sosegada, aunque en realidad nunca resulte definitiva. Son preguntas que en cierto sentido nos estaremos haciendo siempre, sin poder pretender zanjarlas definitivamente. El hombre es un ser que se cuestiona, y se cuestionará siempre, que busca y en ello le va la vida. Pero, ciertamente, algunas respuestas preliminares sí que podemos alcanzar y, como siempre, algunas son mejores que otras, pudiendo de plano ser también equivocadas.

La luz de la fe puede, como en toda la realidad, aportar una poderosa herramienta en el esclarecimiento de este misterio. Para la fe cristiana la categoría de lo temporal es absolutamente esencial. No sólo porque le permite distanciarse del mito para anclarse en la historia, sino que, con base en ella, puede reclamar para sí la verdad, pues nos habla de la realidad, de lo que ha ocurrido, de lo que está sucediendo y de lo que sucederá. La reflexión sobre la historia ha dado lugar a la filosofía de la historia, pero cuando se deja acompañar sin prejuicios por la fe, produce la teología de la historia, que nos ayuda a colocar los hechos dentro de un maravilloso marco de sentido.

Obviamente la perspectiva de fe no se demuestra, más bien muestra su fecundidad: la plenitud de su luz, la claridad del sentido. Más que demostrarse, se acepta, no como una imposición sino como un don. Una verdad que no domino sino contemplo. Dicha perspectiva me dice que la historia es lineal, tiene un origen y un fin, un sentido y una consumación. Afirma también que tiene una plenitud, la cual es Cristo. Por eso los años se cuentan a partir de Cristo.

Celebramos 2018 años del nacimiento de Cristo, es decir, del momento en que el Absoluto y Trascendente se hizo uno de nosotros, el infinito se hizo concreto. El dogma de la encarnación maravilla a la inteligencia y justifica contar los años a partir de allí. Antes los años se contaban de forma relativa a un rey o un imperio. En la época de Cristo se numeraban “ab Urbe condita” (desde la fundación de Roma). En la Biblia, en el Antiguo Testamento, los datos cronológicos se ofrecen según los años de un reinado, de un imperio o de un hecho central para los judíos como la deportación a Babilonia. La datación era entonces relativa a un hecho concreto. Pero en el año 753 de la fundación de Roma sucedió que el Absoluto se hizo concreto, pudiendo a partir de entonces numerarse los años con referencia a un hecho real absolutamente único y central, cuando historia y eternidad se encontraron, descubriendo la primera su sentido trascendente en la segunda.

Es cierto que hay un error de datación.  Dionisio el Exiguo se equivocó al datar el nacimiento de Cristo en un rango de 4 a 7 años. En realidad ahora sería el 2025 d. C.  Lo importante es que a partir de este monje del siglo VI la historia se mide respecto a un hecho a la vez histórico, trascendente, único. Nos recuerda que al caminar el hombre va acompañado, responde a un llamado y culmina en él.

Cuando un año concluye termina una página de nuestra vida. Al vivirla la escribimos, al mirarla en retrospectiva intuimos que no caminamos solos. Cambiando una minúscula por mayúscula el poema de Octavio Paz, sin ser religioso, nos ofrece una ventana a la trascendencia:

  

Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.

Pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

Sin entender comprendo:

también soy escritura

y en este mismo instante

Alguien me deletrea

 

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