Respeto a lo sagrado

Lo sagrado es, por definición, aquello que se sustrae del uso común. Y si es así, es porque para algún grupo de la sociedad, representa algo de sumo valor.

Secularización no tiene por qué ser sinónimo de desacralización. El proceso por el cual la sociedad se estructura de espaldas a cualquier categoría sobrenatural, reivindicando la justa autonomía de lo temporal respecto de cualquier instancia trascendente, es decir, la sana laicidad, no tiene por qué traducirse en falta de respeto.

No me refiero ahora a la furia iconoclasta de los fundamentalismos islámicos, que arrasan con todo aquello que no esté ordenado al culto de Alá. Tampoco al fundamentalismo evangélico que gusta destruir imágenes, ateniéndose a la literalidad de Éxodo 20, 4 (donde dice que “no te harás escultura”, más no indica: “destruirás la escultura”), olvidando en cambio el mandamiento del amor y la regla de oro: no hacer a los demás lo que no te gustaría que te hagan a ti (Levítico 19, 18, Mateo 7, 12, Lucas 6, 31). Porque ambas son manifestaciones de una religiosidad fanática, es decir, expresión de la patología de la religión, no del laicismo agresivo y parasitario.

Me refiero, fundamentalmente, a los tristes hechos que se han venido repitiendo con una triste cadencia este año, fundamentalmente en España, pero no solo ahí. Aquí una rápida enumeración sin pretensiones de exhaustividad, pero que puede ilustrar al lector de la dimensión del problema: a principios de año, en el carnaval, con motivo del Drag Queen de Canarias, aparece una representación de un Jesús transexual, o mejor dicho, una Virgen que se transforma en Jesús y hace una parodia de la Cruz. Pocos meses después, en junio, durante el contexto del Gay Pride de Madrid, se observan, entre las muchas manifestaciones ofensivas y agresivas hacia la religión  -realizadas por quienes exigen tolerancia para sí mismos y se hacen las víctimas de una inexistente discriminación-, a un grupo de manifestantes que desfilan utilizando crucifijos como taparrabos. Unas semanas después, el 10 de julio, un ayuntamiento vasco manda derribar una Cruz, con tan mala fortuna que le cae encima a cuatro espectadores del acto sacrílego. Más recientemente, en Bilbao, en una exposición supuestamente artística, se presenta la obra “Carnicerías vaticanas” donde aparece el Cristo de Velázquez, dividido como si de una res se tratase. 

Tal exuberancia de sacrilegios da mucho que pensar. Por un lado, produce una cierta lástima hacia los laicistas, a quienes no se puede calificar sino de parasitarios. En efecto, carentes de creatividad e identidad propias, solo pueden presentar parodias de la religión, pues en su pobreza cultural, nada tienen que ofrecer a la sociedad, sino únicamente sus traumas y complejos religiosos no superados. Esa obsesiva presencia de lo religioso en personas que supuestamente carecen de religión tiene todos los visos de ser un trauma psicológico, donde se cumple a la letra el refrán de que “para ser ateo, hablas demasiado de Dios”.

Pero también, tal escalada de agresividad hacia lo religioso constituye un motivo de seria preocupación social. ¿Por qué se gestan tales sentimientos de odio y antagonismo? Son manifestaciones a un tiempo de inmadurez y de ruptura social. Constituyen una falta de respeto ciudadano y de incapacidad para convivir cívicamente con quien piensa diferente. Lo sagrado es, por definición, aquello que se sustrae del uso común. Y si es así, es porque para algún grupo de la sociedad, representa algo de sumo valor. Por ello, aunque no todos compartan la idea de que esa realidad es sagrada, como para algunas personas de esa sociedad es importante, merece el respeto de todos. 

Así, aunque yo no considere a Mahoma como el enviado definitivo de Dios, lo respeto, pues sé que es importante para muchas personas que tienen derecho a que se respete lo que para ellas es valioso. La ley debe proteger lo sagrado, pues al hacerlo nos enseña a convivir en sociedad con quienes piensan y sienten distinto. Si no lo hace, fomenta la atomización de esa sociedad, la impunidad, la incivilidad y promueve la ley del más fuerte. En efecto, los laicistas saben que pagarán con su vida cualquier burla al islam, mientras que si se trata del cristianismo gozan de la más cobarde impunidad. A los cristianos nos toca exigir nuestros derechos, para que se respete lo que para nosotros es importante, orar por los transgresores, y tener paz, pues tal odio irracional nos confirma en la verdad de nuestro camino.

 

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